Mente Positiva
Chiqui llora entre miradas sonrientes de dibujos pintados en el patio de Inicial de un lindo colegio de Piura. Chilla tanto que la maestra se queda sin argumentos. Un vigilante, una mujer y este servidor la miran a través de una reja. Debe estar enviándonos mentalmente a un lugar no tan feliz, por detenernos a observarla. El llorón es gordito y debe estar lastimando el delicado hombro de la “mis” cuando lo carga, como último recurso. Mientras lo aleja del tigre, de la mariposa y del columpio que hoy lo entristecen en lugar de ilusionarlo, uno imagina que los sentimientos del caballero de cinco años, pesan más que sus zapatos, uniforme y lonchera.
En mi primer día de clases, yo también tenía el corazón sobrecargado. Me ofrecieron confites de perita para que me entren ganas de cantar “Somos libres...” Y sólo me provocó llorar con libertad. Ni siquiera los años de primaria borraron la pena que da cambiar el gris de un aula fría por la ventana tibia de mi casa, ese estrecho rectángulo por el que cada mañana miraba a mi madre en el jardín, sacando cebollas para el aliño.
Un especialista repetiría lo que dicen los libros de orientación para padres, que el llanto del primer día se debe al apego natural a los padres, a la sobreprotección o al instinto natural que llega incluso a cohibirnos cuando vamos a un lugar nuevo. Ese primer llanto que a veces no es sólo de un día, sino de una semana o un mes, me lleva a creer que tenía razón quien inventó eso de que sólo se ama lo que se conoce. No podemos pasar por una ciudad o pueblo, o parque, o rincón de una casa, sin que se nos quede grabado y alguna vez lo añoremos. Los funcionarios extranjeros y técnicos de Apec 2008, por ejemplo, ahora mismo deben estar extrañando el sol, el cebiche, los sombreros de Piura.
Hace unas semanas un francés me contó sobre una cantidad impresionante de compatriotas suyos que han decidido a venir a terminar de envejecer e incluso morir en este cálido norte, sin contar los que ya viven aquí desde hace décadas, casados con piuranas de esas que pueblan las páginas sociales. Una tierra tan rica debe atraer a un extranjero.
¿Qué es ese algo que atrae de esta ciudad? Ni siquiera lo sabe Vargas Llosa, el más universal de los peruanos que paseó a Piura por los caminos de la literatura. Y hay muchos de raíz serrana también llegados sin invitación a esta primera ciudad española fundada en América, que no encontramos respuesta a por qué amamos esta urbe. La ciudad de la chicha y el algarrobo nos hiere el corazón, aunque sea el nuevo terruño, la segunda madre adoptiva. Y ella nos sigue enamorando, aunque ahora dé mareos con su desorden urbano, conflicto de poderes, destrucción de pistas y su podredumbre apestosa manchándonos los zapatos en la calle y en el momento menos esperado. A veces juego a ser turista en mi propia tierra. Y prefiero olvidar que nos falta drenaje de aguas pluviales y que las alcantarillas no están colapsadas, y que realmente esto es la capital de la región que ahora empieza a despegar hacia el desarrollo económico. Todo eso aunque haya quienes, con o sin intención, insistan en sacarnos de la mente esa Piura ideal. Aunque persistan en ponernos de espectadores de sus pleitos de regidores, o de apristas contra obristas, o de envarados contra anónimos.
Igual que al niño que llora por estar en casa y no en el colegio, aplaudo a los soñadores y románticos. A los tercos incrédulos que siguen esperando esa política que se inventó para mediar en los conflictos. Para que si un grupo quiere algo, no vaya y le parta la cabeza al que no se lo da, sino que proponga, discuta, acepten mediaciones, encuentren soluciones. Se supone que los que queremos esta tierra no dependemos de ellos, los gobernantes de turno, para quedarnos o irnos de esta tierra de atardecerse lindos y de historias empolvadas.
Se supone que los representantes de esta región saben defender nuestra agua, y agricultura y pesca. Y miles de piuranos insistimos en esperar que así será algún día, aunque cada vez nos demuestren lo contrario. Preferimos pensar que alcaldes, y rectores, y directores, y gerentes sí se la juegan por esta ciudad. Que no son un costosísimo mal necesario –¿necesario?– que tenemos que mantener con nuestros bolsillos. Que les importamos más que sus billeteras, mucho más que la tentación de contentar a unos cuantos grupos de poder. Preferimos pensar que nuestro optimismo le ganará a su ceguera. “Te veo muy flaco. Deberías ser más positivo. Créeme, engordarías”, me dijo hace unos días en conferencia de prensa el robusto vicepresidente de la República, Luis Giampietri. Como ven, estoy siguiendo la receta del vicealmirante. Ojalá funcione.
|